Ella, disfrazada de tigre, intuye colores equivocados en el fondo de sus ojos.
Busca la paz solitaria y se pierde entre líneas.
A veces encuentra agujeros por los que colarse,
rendijas en las que meterse hasta entrar dentro y volver al vientre,
ese dulce vientre, donde escucha latidos que acompasan los suyos.
Él se sabe águila, venido de un lugar cálido, y sus ojos contienen el azul del hielo.
En su mente sobrevuela altas montañas,
que después dibuja con un lápiz del número tres.
Tan deprendido, tan anti, se zambulle en la economía
y suspira por monedas que le ayuden a rendir cuentas con su propio destino.
Compañeros, amantes cibernéticos, deconstruyen el amor a golpe de emoticonos.
Intercambian estampas propias rodeadas de satélites
y se propulsan valientes sobre ellos:
Satélites que se pierden, satélites que se enganchan,
satélites que vuelan alto y caen de nuevo.
lunes, 19 de mayo de 2014
El tigre y la águila
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